Dentro de cada palabra hay una historia, una forma de mirar el mundo que el uso y el tiempo, muchas veces, han ido enterrando. Y, sin embargo, sigue ahí. Ese es el poder de la etimología: desenterrar significados que la rutina ha vuelto invisibles.
La palabra de esta semana es: Sacrificio.
Se habla mucho de sacrificio. En muchos lugares, pero sobre todo en el contexto del trabajo, de las organizaciones… en la empresa, en definitiva.
“Estoy sacrificándome mucho para que esto salga adelante”.
“Este proyecto requiere sacrificio”.
“Toca sacrificarse, apretarse el cinturón”.
¿Qué significa realmente sacrificio?
Perfecto. Pero… ¿qué significa realmente sacrificio? Si vamos a su origen, significa literalmente eso: convertir algo en sagrado. Es decir, cuando nos sacrificamos por los resultados de una empresa, por ejemplo, lo que estamos haciendo, aunque no lo digamos así, es convertir esos resultados en algo sagrado.
Los colocamos en el centro. Incluso por encima de otras cosas: del equipo, del proceso, del tiempo… de la vida. Por eso, quizá, la cuestión no es tanto cuánto estamos dispuestos a sacrificarnos… sino qué estamos convirtiendo en sagrado. Porque todo sacrificio implica una elección. Cuando algo sube al altar… algo más queda fuera.
Tiempo.
Energía.
Presencia.
Relaciones.
Y no siempre somos conscientes de qué estamos dejando atrás. No todo merece un altar. No todo merece ese lugar central en nuestra vida. Y, sobre todo, no todo merece el precio que, a veces, estamos dispuestos a pagar sin darnos cuenta.
Y quizá, antes de seguir hablando de sacrificio… valdría la pena detenernos un momento. Y preguntarnos: ¿Qué estoy convirtiendo en sagrado en mi vida ahora mismo?



