La palabra de la semana: Trabajo

Si esta semana traigo esta palabra es gracias a Elisa Errea, que me sugirió que compartiera su etimología. Así que… ahí va. Trabajo.

La usamos constantemente y, sin embargo, pocos saben que su origen nos lleva directamente a tripalium: un antiguo instrumento de tortura formado por tres palos, donde se sujetaba a quienes no cumplían con su labor.

Así es. Trabajo lleva dentro de sí esta historia de tortura. De sufrimiento. Es una etimología incómoda… pero también reveladora. Porque, de alguna manera, conecta con algo que todos hemos sentido alguna vez: que el trabajo puede doler. Y no siempre por lo que hacemos. Sino por cómo lo vivimos.


El origen del sufrimiento en el trabajo

Si tiramos un poco más del hilo, aparece una idea muy antigua. Buda decía que la vida es sufrimiento. Y, si lo pensamos… quizá podríamos sustituir esa palabra por trabajo.

¿Hay alguien que no sufra o haya sufrido en el trabajo?

¿Con o sin motivo?

¿Más real o imaginario?

Según Buda, el origen de ese sufrimiento está en el apego.

En el deseo de que las cosas sean de una determinada manera. Y, si lo miramos bien, eso también está muy presente en nuestra forma de trabajar. Sufrimos. Muchas veces no por el trabajo en sí… sino por la relación que tenemos con él. Por ese estar continuamente proyectados hacia el futuro: el próximo resultado, el siguiente proyecto, el ascenso, el reconocimiento…

Y, en ese movimiento constante, algo se nos escapa.


Presión o presencia

Quizá por eso, más que preguntarnos cómo trabajar mejor… podríamos preguntarnos otra cosa: ¿desde dónde estamos trabajando? No es lo mismo trabajar desde la presión… que desde la presencia. Desde ese estar en el aquí y el ahora. Aceptando la situación tal y como es. Haciéndonos cargo de ella. Incluso, en cierto modo, abrazándola.

Y la presencia, en el fondo, tiene algo muy concreto: es coherencia. Coherencia entre lo que decimos, lo que sentimos y lo que el cuerpo expresa.

Cuando el lenguaje va por un lado, la emoción por otro… y el cuerpo por otro distinto… algo se rompe. Ahí aparecen tensiones, malestar, desconexión. En cambio, cuando esas tres dimensiones se alinean… ocurre algo distinto. Aparece una cierta claridad. Una sensación de estar. Incluso, a veces, algo parecido a la calma.

No elimina el esfuerzo.

No elimina la búsqueda de excelencia.

Pero, quizá… sí rebaja el sufrimiento.

Al final, esta no deja de ser otra de esas historias que viven dentro de las palabras… esperando a que alguien se detenga un momento y vuelva a mirarlas con un poco más de amplitud.

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