Equipo… ¿Cómo definirlo? Difícil… Aunque la mejor definición de equipo me la dio Luis Carchak, mi maestro en coaching de equipos y sistemas. La comparto contigo porque me parece absolutamente reveladora:
“Un equipo es una serie de gente que se ha puesto de acuerdo para estar de acuerdo cuando no están de acuerdo”.
Sé que parece un trabalenguas… Pero, si lo pensamos un momento, es una definición poderosa. Porque trata de desentrañar algo que, en el fondo, todos hemos vivido: lo complejos que pueden llegar a ser los equipos.
Además, hay algo que a veces olvidamos: si deben ponerse de acurdo los equipos es porque no existen solo para estar juntos. Existen para generar resultados. Siempre. De hecho, incluso cuando un equipo no obtiene resultados… eso ya es, en sí mismo, un resultado. Un resultado que habla. Que dice cosas. Que desvela dinámicas, decisiones, formas de estar.
Los resultados no aparecen por casualidad. Son la consecuencia de cómo pensamos, de cómo nos relacionamos… y, sobre todo, de lo que nos contamos. Las historias que circulan dentro de un equipo, aunque no siempre sean explícitas, terminan convirtiéndose en acción. Y la acción, tarde o temprano, se convierte en resultado.
Por eso, cuando miramos un equipo, no solo deberíamos fijarnos en lo que hace… sino en la historia que está sosteniendo. Porque, en el fondo, los equipos no solo trabajan. También se narran. Y lo que se narran… acaba teniendo un impacto directo en lo que consiguen. Y eso es, precisamente, lo que vamos a ver ahora.
Todos hemos estado en buenos equipos. Y en malos. Y, seamos sinceros… todos hemos sido, en algún momento, buenos y malos jugadores de equipo. Durante mucho tiempo pensé que la diferencia estaba en el talento, en la actitud o en la motivación. Pero hubo una idea que me abrió los ojos: dentro de un equipo no solo importa lo que hacemos… sino cómo estamos en él.
Porque, aunque no siempre lo hagamos consciente, se puede estar, al menos, de cuatro maneras distintas dentro de un equipo. Y para quienes tienen la responsabilidad de liderarlos, esto es clave: saber identificar a qué está jugando cada persona.
1. Jugar a ganar
Aquí el equipo importa. Hay compromiso. Hay responsabilidad. Hay una intención real de que las cosas salgan bien… para todos. No significa que todo funcione perfecto. Pero sí que hay una dirección compartida. Y me atrevo. Pido el balón. No hay miedo al fallo… hay ilusión por ganar.
2. Jugar a no perder
Aquí ya cambia algo. No se trata tanto de ganar… como de no fallar. De no equivocarse. De no exponerse demasiado. De cumplir… sin arriesgar. Desde fuera puede parecer implicación. Pero en el fondo hay contención. Y eso, en los equipos, se nota.
3. Jugar a perder
No debería sorprendernos… yo mismo he jugado a perder alguna que otra vez. Y tú… bueno, no lo sé. Pero hay momentos en los que no entendemos lo que hacemos, o estamos en contra… y no hay espacio para que se nos escuche. Entonces nos acercamos más a boicotear que a construir. A veces por frustración. A veces por falta de sentido. A veces por historias no resueltas. No siempre es evidente. Pero impacta. Y mucho. Y nadie se siente bien ahí.
4. Jugar a no jugar
Tal vez la peor manera de estar… es no estar. Aquí aparece la desconexión. Las personas cumplen. Asisten. Participan lo justo. Pero no hay energía. No hay implicación real. Es como si el partido se estuviera jugando… pero hubieran decidido no entrar.
Entonces… ¿qué hacemos con esto?
Porque lo interesante no es clasificar. Lo interesante es darse cuenta. Un equipo no es solo un conjunto de personas. En el contexto del trabajo y las organizaciones, es un conjunto de maneras de estar. Y cuando esas maneras no se alinean… el equipo se resiente.
Quizá por eso, más que preguntarnos si el equipo está motivado… deberíamos preguntarnos otra cosa: ¿a qué estamos jugando realmente?



