La palabra de la semana: Exigencia

Exigencia es una palabra increíble. De esas que encierran una historia maravillosa… aunque, en nuestros días, quizá más que una palabra sea una especie de pandemia.

Vivimos en la exigencia continua.

De todo.

Y para todos.

En el trabajo. En casa. Con los demás. Y, sobre todo, con nosotros mismos… Nos exigimos, nos exigimos y no paramos de exigirnos.

La verdad, no sé si hay alguien que no se sienta, de una manera u otra, exigido. El problema es que, a veces, estamos un poco… desbordados. Por no decir otra cosa.

¿Qué significa realmente exigencia?

Si vamos a su etimología, encontramos algo interesante: exigencia es la cualidad del que pide caprichosamente. Y aquí ya aparece algo importante. No solo exigimos a los demás. También nos exigimos a nosotros mismos. Y, muchas veces, lo hacemos desde ese mismo lugar: caprichoso.

Y entonces la palabra nos lleva a otra: capricho.

Algunas etimologías la vinculan con el cabello rizado (capriccio). Pero hay otra que me gusta especialmente. La que la relaciona con la cabra. Porque los saltos de las cabras son imprevisibles. Cambian de dirección. No siguen un patrón claro. Como los caprichos.

Nuestra exigencia, y nuestra autoexigencia, funciona exactamente así. Saltamos de una expectativa a otra. De un objetivo a otro. De un “debería” a otro. Sin parar. Sin medida. Sin descanso.

Como si una cabra estuviera dando órdenes dentro de nosotros.

Y claro… así es difícil estar en paz con lo que hacemos. Quizá por eso, más que seguir alimentando esta lógica de exigencia constante… podríamos empezar a introducir otra palabra: excelencia.

Exigencia vs excelencia

No es lo mismo exigirse… que buscar la excelencia. La exigencia aprieta. La excelencia orienta. La exigencia juzga. La excelencia guía. La exigencia muchas veces nace del miedo. La excelencia suele nacer del cuidado.

Hay algo que lo resume casi todo: a ningún niño se le canta por ser un chico exigente… pero sí por ser excelente. Y eso cambia mucho las cosas.

No se trata de dejar de hacer bien las cosas, ni de renunciar a mejorar. Sino de revisar desde dónde nos lo estamos pidiendo.

Al final, también aquí se juega algo importante: la relación que tenemos con nosotros mismos. Y, quizá, esta palabra nos invita a eso: a bajar un poco el volumen de la exigencia… y empezar a afinar el tono de la excelencia.

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